Por Ignacio Bataller
Fotos por Andie Borie – Dg Medios
Las deudas entre artistas y público, en realidad, no existen. Son más bien una forma en que la audiencia expresa cuánto tiempo ha pasado sin que una banda vuelva a presentarse. Sin embargo, en este caso la sensación era distinta. Cuando AC/DC no logró venir con la gira Black Ice —tour que sí los llevó a Argentina y que dio origen al ya legendario disco grabado en River Plate— quedó la impresión de una cuenta pendiente entre la banda australiana y el público chileno.
Treinta años después, ese reencuentro finalmente ocurrió en el parque del Estadio Nacional. Durante dos horas y 21 canciones, AC/DC desató todo su arsenal de clásicos y convirtió la noche en una auténtica celebración del rock and roll: del que se baila, se canta y se vive hasta no dar más.
La jornada comenzó temprano, con la participación de la banda nacional Hielo Negro y los invitados especiales The Pretty Reckless, quienes prepararon el terreno para la fiesta. Aunque Brian Johnson y Angus Young aparecieron en escena algunos minutos después de lo previsto, el show se desarrolló completo y sin tregua. Back in Black, Shoot to Thrill, Hells Bells y Highway to Hell demostraron por qué son canciones que simplemente no envejecen, desatando la euforia absoluta entre los asistentes.
Es cierto que la edad deja ver algunas fisuras. Brian Johnson y Angus Young ya no tienen la misma precisión de otros años —algo evidente, por ejemplo, en el inicio algo caótico de Thunderstruck. Sin embargo, el espíritu y la energía de ambos se mantuvieron siempre en lo más alto. Además, el resto de la banda estuvo a la altura, sosteniendo el peso del espectáculo y elevando cada momento.
Nada de eso opacó lo realmente importante de la noche: la emoción de poder cantar en vivo canciones que muchos conocimos hace décadas. Ese parecía ser el verdadero sentido de la velada, algo que se reflejó en el público al final del concierto: rostros felices, aún incrédulos ante la energía contagiosa de Brian y la inagotable locura guitarrera de Angus.
El punto más alto llegó con el solo extendido de casi diez minutos en Let There Be Rock, un recordatorio de que, más allá del paso del tiempo, AC/DC sigue siendo una experiencia única.
Porque solo existe un AC/DC. Y este concierto, en particular, quedará grabado en la memoria de quienes estuvieron allí. Sin importar la segunda fecha —que seguramente será otra gran fiesta— esta primera noche tenía un significado distinto: era el reencuentro esperado, la ocasión en que la banda cumplió con lo que debía, llevando sus límites físicos hasta donde fue posible. Y el público lo agradeció.
Por eso, después de tres décadas de espera, se puede decir con total certeza que la deuda finalmente quedó saldada.



































