Por Ignacio Bataller

Fotos por Juan Kattan – Kattan.ph

Si vives cerca del Club Chocolate y sentiste que el piso se movió, lo más probable es que haya sido por Boris. La banda japonesa finalmente aterrizó en nuestro país con la gira Do You Remember Pink Days?, que celebra los 20 años de Pink (2005), uno de los discos más aclamados de su carrera.

Es difícil describir con precisión lo que se vivió ayer. Atsuo, Takeshi y Wata se transformaron en una verdadera aplanadora musical: un sonido claro y limpio, pero a la vez increíblemente pesado, capaz de hacer vibrar todo el cuerpo. Fue una experiencia sónica única, donde la banda, al repasar este álbum, recorrió todos los estilos que conforman su identidad. Un constante vaivén entre punk y noise rock, junto a un doom que por momentos se acercaba al drone y al post-rock, mezclándolos con naturalidad y golpeando sin descanso con riffs que llevan el ADN de Black Sabbath.

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El contraste entre la ambiental y ruidosa “Blackout”, que abrió el concierto, y el golpe inmediato de “Pink” y “Woman on the Screen” hizo que el recinto explotara. El público estuvo desatado de principio a fin, completamente entregado a una banda que supo manejar la energía con una presencia arrolladora. Incluso hubo múltiples stagedives. Los tres integrantes interactuaron a su manera con la audiencia, especialmente Atsuo, quien, desde la batería, desataba la locura usando solo sus manos o baquetas, como si fuera un frontman.

La concurrencia fue tan diversa como unida: fanáticos de la cultura japonesa, amantes de la música en general y metaleros que buscaban presenciar a una de las mejores bandas de doom. Esa mezcla generó una conexión especial, alimentada por el cariño hacia el grupo, al punto de cantar dos veces “Cumpleaños feliz” a Wata, con torta incluida.

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El concierto fue una verdadera locura, repleto de cambios de género que dieron como resultado una de las mejores presentaciones del año, a la altura de shows como Tool en Lollapalooza o Beat. Boris ofreció una clase magistral sobre cómo estilos opuestos pueden coexistir y atraer a públicos distintos bajo un mismo techo, unidos por la música.

Tras once canciones, la banda regresó para uno de los encores más emotivos del año con “Feedbacker”, una odisea que fusiona noise, post-rock y drone metal. El cierre llevó a la audiencia a un éxtasis inolvidable, difícil de superar.